El director de la empresa me despidió delante de todos. Dos horas después, me llamó y me dijo: “Vístete elegante y reúnete conmigo junto al lago. No le digas a nadie que vamos a vernos.” Cuando llegué, me pidió que me tomara una foto con él… y a la mañana siguiente, esa foto estaba colgada en la puerta de su oficina

Sentí que me ardía la cara.

La gente ya había inventado toda clase de historias.

Algunos probablemente pensaban que había algún tipo de relación secreta entre nosotros.

Y justo en ese momento, el señor Wilson abrió la puerta.

—Emily, entra.

Dentro de la oficina estaban cinco miembros de la junta directiva de la empresa, el director financiero, el abogado de la compañía y Mark.

De inmediato comprendí que aquello era mucho más serio de lo que había imaginado.

El señor Wilson cerró la puerta.

—Siéntate.

Después colocó una carpeta sobre la mesa.

—Hace tres meses, noté que estaba desapareciendo dinero de las cuentas de la empresa.

Mark palideció.

—Al principio pensamos que se trataba de un error contable —continuó el señor Wilson—. Pero luego descubrimos que alguien dentro de la empresa estaba creando contratos falsos.

Yo todavía no entendía qué tenía que ver todo aquello conmigo.

Se volvió hacia mí.

—Hace dos semanas, me enviaste por accidente un informe que contenía tres cifras que nadie más había notado.

Lo recordaba.

Parecía una simple hoja de cálculo de Excel.

—Esas tres cifras nos llevaron a iniciar una investigación interna —dijo—. Y ayer necesitábamos una última prueba.

—¿Por eso me despidió?

—Sí.

La habitación quedó en silencio.

Abrió la carpeta.

—Si la persona que estaba robando el dinero creía que Emily ya no trabajaba aquí y, además, creía que ella tenía algún tipo de relación personal conmigo, podía entrar en pánico y pensar que yo le había contado algo. Queríamos ver quién sería la primera persona en intentar borrar información del sistema o hacer desaparecer documentos.

Mi corazón latía con fuerza.

—¿Y la foto?

El señor Wilson sonrió ligeramente.

—Era un señuelo.

En ese momento, el abogado de la empresa giró un portátil hacia mí.

A las 2:17 de la madrugada, alguien había iniciado sesión en el sistema de la empresa e intentado eliminar cientos de archivos.

Cuando vi el nombre de usuario, me quedé helada.

Karen Matthews.

La misma Karen que se había burlado de mí aquella mañana.

Pero eso todavía no era todo.

El señor Wilson colocó otro documento delante de mí.

—Emily, en realidad ayer no te despedimos.

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