Yo aprendí otra cosa.
Pedir ayuda no era quedar enterrada bajo media tonelada de alfalfa esperando que alguien viniera a sacarme.
A veces era permitir que otra persona sujetara el otro extremo de la cuerda.
Meses después encontramos aquella cuerda vieja mientras ordenábamos la bodega.
Mateo iba a tirarla.
Santiago protestó de inmediato.
—¡Dijiste que no se tiraban las cosas antes de entender por qué se rompieron!
Mateo me miró.
Yo tomé la cuerda, corté la parte dañada y usé un tramo sano para sujetar una puerta que el viento siempre azotaba.
No volvió a servir para cargar alfalfa.
Pero dejó de ser la prueba de una trampa.
Se convirtió en algo cotidiano.
Una mañana, mientras Santiago alimentaba al ganado y fingía no escucharnos, Mateo me preguntó si alguna vez extrañaba Noruega.
—Todos los días —respondí.
—¿Y aun así quieres estar aquí?
Miré el patio, las cercas reparadas, la puerta sujeta con aquella cuerda y las huellas de tres pares de botas sobre el lodo seco.