Protestó.
Luego obedeció cuando su padre le señaló los agujeros que habían dejado los disparos en la pared del establo.
A media mañana, Mateo apareció con dos hojas en la mano.
—Mira esto.
Una era la factura de la alfalfa que él había pagado.
La otra, la etiqueta que yo había encontrado dentro de una paca.
Los datos no coincidían.
La factura correspondía al proveedor habitual de Mateo.
La etiqueta pertenecía a otro lote.
Eso confirmaba algo simple y grave: las pacas que habían llegado al rancho no eran necesariamente las que Mateo había comprado.
—¿Quién recibió la entrega? —pregunté.
Mateo se quedó quieto.
—Yo no estaba.
—¿Entonces quién?
—La dejaron junto a la bodega.
—¿Sin que nadie firmara?
—El chofer me llamó. Yo estaba comprando una pieza para la bomba. Le dije dónde descargar.
Miré otra vez la factura.