—¿Y cómo sabían que no estarías?
Mateo frunció el ceño.
—No tenían por qué saberlo.
Ahí estaba el problema.
Cada vez que buscábamos una respuesta, aparecía otra pregunta más incómoda.
Pasamos el resto del día reparando daños en lugar de perseguir teorías.
El ganado necesitaba agua limpia.
Las siete vacas separadas tenían que seguir vigiladas.
Había que retirar cualquier alimento dudoso.
Y, por encima de todo, Mateo tenía que conservar un rancho que seguía perdiendo dinero mientras nosotros tratábamos de averiguar quién lo estaba empujando.
Eso era precisamente lo peligroso del sabotaje.
No necesitaba destruirlo todo en una noche.
Bastaba con obligarlo a gastar un poco más cada semana.
Una reparación aquí.
Una pérdida allá.
Un animal enfermo.
Un lote de alimento inutilizable.
Una cerca dañada.
Hasta que abril llegara y la deuda hiciera el resto.