El Lodo Rojo Reveló Quién Quería Arrebatarles El Rancho-lbsuong

Cuando miré a Mateo después de revisar la cuerda cortada y la etiqueta escondida entre la alfalfa, entendí que los problemas del rancho ya no podían explicarse como una temporada difícil.
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Alguien estaba empujándolo hacia la ruina.

Y llevaba tiempo haciéndolo.

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Mateo volvió a mirar la cuerda bajo la luz de la cocina.

Pasó el pulgar por el borde limpio de las fibras y apretó la mandíbula.

—Pudiste haberte roto el cuello.
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—Pero no pasó.

—Ingrid.

—No pasó —repetí—. Lo que importa es quién sabía que yo iba a descargar esas pacas.

Santiago estaba sentado al otro extremo de la mesa, envuelto en una cobija y con las manos alrededor de una taza caliente.

No tenía 11 años en la cara esa noche.

Parecía más pequeño.

Mateo lo vio también.
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Dejó la cuerda.

—Vete a tu cuarto, hijo.

Santiago no se movió.

—¿Van a regresar?

Mateo abrió la boca, pero fui yo quien respondió.

—No lo sabemos.

El niño me sostuvo la mirada.
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—Eso no significa que no tengan miedo.

No supe qué contestar.

Mateo sí.

—Significa que esta noche vas a dormir cerca de mí.

Santiago asintió y se levantó.

Antes de salir de la cocina volvió por la cuerda cortada, la tomó con dos dedos y la dejó frente a su padre.

—No la tires.
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Luego desapareció por el pasillo.

Mateo observó aquella cuerda durante varios segundos.

—Laura decía exactamente eso —murmuró.

—¿Qué cosa?

—Que nunca tirara algo antes de entender por qué se había roto.

Aquella fue la primera vez que habló de su esposa sin hacerlo como quien toca una herida.

No insistí.
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Sacamos una libreta y empezamos a ordenar lo ocurrido.

Primero, la alfalfa húmeda.

Después, las vacas enfermas.

Luego la cuerda cortada.

Después Rogelio llegando para hablar de una deuda que Mateo no había mencionado a nadie de la zona.

Bruno con barro rojo en las botas.

El mismo barro junto al depósito.
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Combustible en el agua.

Y finalmente los disparos.

No era una colección de coincidencias.

Pero todavía nos faltaba algo esencial.

Podíamos sospechar de Rogelio y de Bruno todo lo que quisiéramos; eso no explicaba cómo estaban entrando, qué sabían exactamente ni por qué parecían anticiparse a cada movimiento del rancho.

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