—La camioneta —dije.
Mateo levantó la cabeza.
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—¿Qué pasa con ella?
—La que escapó tenía una luz trasera apagada.
—Sí.
—Bruno llegó esta tarde con Rogelio.
Mateo entendió antes de que terminara.
Salimos al patio.
La temperatura había caído y el aire olía todavía a combustible alrededor del depósito, aunque habíamos apartado al ganado y cerrado el paso.
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La camioneta de Rogelio ya no estaba, por supuesto.
Pero las marcas de sus llantas seguían visibles donde había dado vuelta cerca del corral.
No eran prueba de nada por sí solas.
Rogelio había estado allí abiertamente.
Sin embargo, el camino por donde había huido el vehículo de los disparos no era el acceso principal.
Era una brecha angosta detrás de los potreros que Mateo usaba para mover alimento y revisar cercas.
—Casi nadie toma ese camino de noche —dijo.
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—¿Bruno lo conoce?
Mateo soltó una risa sin humor.
—Trabajó aquí.
Me volví hacia él.
—¿Qué?
—Hace años. Antes de que muriera Laura.
Aquello cambiaba mucho más que una sospecha.
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Bruno conocía los corrales.
Conocía el depósito.
Sabía dónde se almacenaban las pacas.
Sabía qué caminos permitían salir sin pasar frente a la casa.
Y posiblemente sabía cómo funcionaba el rancho mucho mejor de lo que yo había imaginado.
—¿Por qué se fue?
Mateo miró hacia la oscuridad detrás del establo.
—Porque empezó a trabajar para Rogelio.
—Eso no responde mi pregunta.
—Tuvimos problemas.
Esperé.
Mateo respiró despacio.
—Laura descubrió que faltaba alimento. Nunca pudimos demostrar que Bruno lo estuviera sacando, pero las cuentas dejaron de cuadrar. Cuando lo confronté, renunció esa misma semana.
—¿Y después se fue con Rogelio?
—Dos meses más tarde.
Volvimos a la casa sin hablar.
Aquella noche nadie durmió bien.
A la mañana siguiente revisamos todo lo que Bruno podía haber conocido del rancho.
Yo me concentré en lo práctico.
Cerraduras.
Cercas.
Depósitos.
Bodega.
Accesos.
Mateo revisó facturas, compras y entregas.
Santiago recibió una sola tarea: quedarse dentro de la casa y avisarnos si veía cualquier vehículo.
Protestó.
Luego obedeció cuando su padre le señaló los agujeros que habían dejado los disparos en la pared del establo.
A media mañana, Mateo apareció con dos hojas en la mano.