Hizo bien.
Una mejoría no borraba la gravedad de la neumonía ni garantizaba que todo hubiera terminado.
Yo acomodé la sábana de Mateo y comprobé que la fotografía siguiera en su lugar.
La niña de la imagen sonreía con aquel hueco entre los dientes.
Tuve que apoyar una mano en la baranda.
Hasta ese momento no me había permitido temblar.
Una hora después, Iván me encontró lavándome las manos.
Se quedó esperando junto a la puerta.
—¿De verdad eras ingeniera?
Cerré la llave.
—Ingeniera biomédica. Después estudié enfermería.
—Pero en tu expediente…
—Está toda mi documentación. Supongo que nadie tuvo motivos para revisarla completa.
Se pasó una mano por el cabello.
—Te dije que no sabías.
—No me conocías.
—Eso no lo mejora.
Negué con suavidad.
—No.
Bajó la vista hacia mi cicatriz, aunque tuvo la delicadeza de no preguntar.