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—Usted ocúpese del paciente y deje las máquinas a quienes saben —me dijo el doctor Salcedo.
Cuatro minutos después, el respirador empezó a fallar.
El muchacho de la cama seis abrió los ojos con un terror que yo conocía demasiado bien. Mientras todos miraban la pantalla, él me buscó la mano.
Tenía veintinueve años. Se llamaba Mateo.
Y aquella mañana estuvo a punto de morir porque un hombre confundió mi silencio con ignorancia.
Me llamo Clara Benítez. Tenía cuarenta y cuatro años y llevaba ocho meses trabajando como enfermera en un hospital regional de Puebla. Usaba el cabello corto, los zapatos más cómodos que encontraba y una libreta donde anotaba hasta el detalle más pequeño.
Mis compañeros sabían que llegaba temprano, que casi nunca discutía y que tenía una cicatriz irregular en el dorso de la mano derecha.