—¿Qué?
Me miró directamente.
—Que buscara a la doctora Salazar. Que ella sabría por qué habían matado a mi marido.
Me quedé sin palabras.
Alguien había enviado a aquella mujer directamente hacia mí.
Y no sabía si pretendía ayudarme o terminar de destruirme.
- Una firma que no era mía
A las once recibí la citación anunciada por Adrián.
No mencionaba mi degradación.
Solo ordenaba mi comparecencia como posible testigo en una revisión de seguridad clínica.
La reunión se celebró en una sala pequeña del edificio administrativo.
Estaban Adrián, una abogada del hospital, el responsable de sistemas informáticos y una auditora externa.
No había nadie de mi antiguo servicio.
—Antes de empezar —dijo la abogada—, debemos informarla de que esta investigación puede tener consecuencias disciplinarias y penales. Tiene derech
—Lo entiendo.
La auditora proyectó el informe de Gabriel Fuentes.
—Doctora Salazar, ¿reconoce esta firma?
—Reconozco mis datos. Pero no autoricé el documento.
—¿Dónde estaba usted el día diecisiete, a las catorce treinta y siete?
Saqué mi agenda.
—En el quirófano 2. La operación empezó a las nueve dieciocho y terminó a las dieciséis doce.
El responsable informático intervino:
—Sus credenciales se utilizaron desde una terminal del área quirúrgica.
—¿Cuál?
—La estación de trabajo situada junto al quirófano 4.
Aquella información me hizo incorporarme en la silla.
—Yo no entré allí.
—Eso estamos intentando establecer —respondió la auditora.
Adrián deslizó una carpeta hacia mí.
Dentro había una fotografía del registro de accesos.
Mi tarjeta identificativa había sido utilizada para abrir la zona restringida a las 14:29.
—¿Le prestó su tarjeta a alguien? —preguntó la abogada.
—No.
Pero, apenas pronuncié aquella palabra, recordé algo.Tres semanas antes había perdido la tarjeta durante unos veinte minutos.
La dejé en el vestuario mientras cambiaba mis zapatos.
Cuando regresé, estaba encima de mi taquilla.
Recordaba haber pensado que alguien la había encontrado en el suelo.
Se lo conté.
La auditora anotó la información.
—¿Quién tenía acceso a ese vestuario?
—Personal del servicio. Cirujanos, residentes y enfermería.
—¿Incluida la doctora Montes?
—Sí.
Adrián no mostró ninguna reacción.
—Hay algo más —añadió la auditora.
En la pantalla apareció un documento de compras hospitalarias.
Se habían adquirido treinta unidades del modelo Vascor-X7 a una distribuidora llamada Meditex Europa.
El precio era casi el doble del habitual para dispositivos equivalentes.
—¿Qué tiene esto que ver conmigo? —pregunté.
La auditora pasó a otra página.
Ahí aparecía una aprobación técnica.
Con mi nombre otra vez.
Según el documento, yo había recomendado la compra.