Sergio palideció.
—Inspector, ¿de qué habla?
Ricardo golpeó la mesa.
—Cállate, Molina.
Don Manuel giró apenas la cabeza hacia Sergio.
—El agente Molina quiere saber de qué hablo. Hablemos, entonces.
La sala quedó en silencio.
—Usted me arrancó un periódico de las manos. Me lo lanzó a la cara. Me empujó contra una banca. Me obligó a arrodillarme delante de ochenta testigos, incluida una niña de cinco años que lloraba preguntando por qué el policía era tan malo. Me golpeó la cabeza contra la puerta del coche. Todo está grabado.
Sergio retrocedió.
—Yo no sabía quién era usted.
—Eso no lo hace inocente. Solo demuestra que trata así a la gente cuando cree que nadie puede defenderse.
Alberto intentó intervenir con voz de político.
—Señores, respiremos. Seguro que podemos llegar a un entendimiento beneficioso para todos.
Don Manuel lo miró.
Y la sonrisa de Alberto murió.