El sonido del taxi alejándose por la calle empedrada marcó el inicio de una cuenta regresiva silenciosa. Me quedé parada en el recibidor, sintiendo el aire espeso de la casa. En la sala, Vesna e Ivana seguían acomodadas en el sofá, fingiendo mirar un programa de concursos en la televisión mientras intercambiaban miradas cómplices.
—Menos mal que se fue —comentó Ivana en voz alta, estirando las piernas sobre la mesa de centro—. Por fin se puede respirar. Deberías rociar ambientador, Ana, antes de que Marko llegue y tenga que soportar esa peste.
No respondí con rabia ni alcé la voz. Me acerqué al armario del pasillo, saqué un aromatizante de lavanda y rocié un poco en el ambiente con una calma calculada.
—Tienes razón —dije con un tono neutro y sumiso que jamás había usado en mi vida—. Fue imprudente de su parte venir sin avisar.