La cerveza me empapó el cabello como una lluvia fría, mientras las risas se esparcían por el patio. No me moví. La última persona que confundió mi silencio con debilidad salió de una jaula con el orgullo roto y una orden de restricción.
Mi cuñado Gustavo estaba parado frente a mí con una lata vacía en la mano y una sonrisa llena de dientes.
—Ups —dijo—. Parece que la princesita se derritió.
Mi suegra, doña Rosalba, soltó una risita delicada desde su silla del patio.
—Renata, no seas dramática. Es solo cerveza.
Una tarde de parrillada
Mi esposo, Julián, se levantó de golpe.
—Pídele una disculpa a mi esposa.
El patio quedó en silencio, salvo por el chisporroteo de las costillas en la parrilla. Gustavo le llevaba a Julián veinte kilos de gimnasio y pura seguridad barata. Había pasado toda la tarde llamando «mandilón» a mi esposo y «delicada» a mí, y diciéndole a todos que yo parecía de esas mujeres que lloran cuando se azota una puerta.