El Secreto del Convento

—No deje que regresen al convento…

—¿Quiénes?

La mujer comenzó a llorar.

—Todos están muertos.

Fonseca sintió un escalofrío.

—¿Quiénes están muertos?

La monja lo miró directamente.

—Las hermanas.

Hizo una pausa.

—Y las que todavía caminan… ya no son ellas.

Después perdió el conocimiento.

Fonseca llamó inmediatamente a emergencias.

Pero antes de poder terminar la llamada, escucharon pasos en el pasillo.

Muchos pasos.

Lentos.

Coordinados.

Camilo miró hacia la puerta.

—Doctor…

Los pasos se detuvieron.

Tres golpes resonaron al otro lado.

Toc.

Toc.

Toc.

Fonseca miró el reloj.

Habían pasado exactamente dos horas desde que descubrieron el mensaje.

Y entonces alguien habló desde el otro lado de la puerta.

—Doctor Fonseca…

Era una voz masculina.

—Venimos por nuestras hermanas.

Fonseca miró a Camilo.

Después miró a los tres cuerpos.

Y finalmente volvió los ojos hacia la puerta.

La voz continuó:

—Abra.

Fonseca no respondió.

Entonces escuchó algo mucho peor.

Una segunda voz.

Después una tercera.

Después diez.

Todas hablando al mismo tiempo.

Todas repitiendo la misma frase:

—Ella no debía despertar.

La luz de la morgue parpadeó.

Una vez.

Dos veces.

Y se apagó.

En completa oscuridad, Camilo gritó:

—¡Doctor!

Fonseca encendió la linterna de su teléfono.

El haz de luz recorrió la habitación.

La camilla estaba vacía.

La monja que había estado muerta…

había desaparecido.

Y sobre la mesa de acero solo quedaba una última frase escrita con sangre:

“AHORA YA SABEN DÓNDE ESTÁ LA PUERTA.”

La morgue quedó en silencio.

Un silencio tan profundo que Fonseca podía escuchar su propia respiración.

La linterna de su teléfono iluminaba apenas unos metros.

La camilla estaba vacía.

La monja había desaparecido.

Camilo permanecía inmóvil junto a la puerta, con una mano sobre el pecho.

—Doctor… dígame que usted también la vio.

Fonseca no respondió.

Se acercó lentamente a la camilla.

No había señales de que alguien hubiera movido el cuerpo.

Ni sangre.

Ni huellas.

Ni siquiera una arruga en la sábana.

Solo aquella frase.

AHORA YA SABEN DÓNDE ESTÁ LA PUERTA.

Fonseca pasó un dedo cerca de las letras.

Todavía estaban húmedas.

—Camilo.

—¿Sí?

—No llames a la policía.

El joven lo miró incrédulo.

—¿Cómo que no?

—Porque si esas personas de afuera son quienes creo que son, llamar a la policía no va a ayudarnos.

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