—¿Y qué se supone que hagamos?
Fonseca levantó la llave negra que había encontrado en el hábito.
—Vamos al convento.
Cuarenta minutos después, la camioneta de la morgue avanzaba por una carretera estrecha entre árboles.
La tormenta había comenzado.
La lluvia golpeaba el parabrisas con tanta fuerza que apenas podían ver el camino.
Camilo conducía.
Fonseca permanecía en silencio.
Sobre sus piernas llevaba una carpeta con los documentos de la monja.
Había algo que no dejaba de molestarlo.
El nombre.
María Inés de la Cruz.
Había buscado ese nombre en los registros digitales de la morgue.
No existía.
Lo había buscado en los archivos civiles.
Tampoco.
Entonces había revisado los documentos entregados por el convento.
Allí estaba.
Pero la fecha de nacimiento era imposible.
María Inés había nacido…
en 1912.
Fonseca cerró la carpeta.
—Camilo.
—¿Sí?
—¿Cuántos años tenía la mujer que trajeron esta noche?
—Veintinueve.
Fonseca miró por la ventana.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Según los documentos, tenía ciento catorce años.