El sheriff disparó a mi hijo y se rio… pero no sabía quién era realmente su padre

Las muletas estaban en el suelo.

Ethan tenía lágrimas en los ojos.

—No puedo.

Me senté frente a él.

—Vale.

Me miró enfadado.

—¿Vale?

—Sí.

—¿No vas a decirme que soy fuerte? ¿Que puedo conseguirlo?

—No.

—¿Por qué?

—Porque hoy quizá no puedas.

Se quedó callado.

—Descansa hoy. Mañana lo intentamos otra vez.

—¿Y si mañana tampoco puedo?

—Entonces pasado mañana.

Miró sus piernas.

—Antes podía correr cinco kilómetros sin pensar.

—Lo sé.

—Tenía universidades interesadas en mí.

—Lo sé.

—Todo desapareció.

Negué.

—Cambió.

—Es lo mismo.

—No.

Me acerqué.

—Lo que te hicieron fue terrible. No voy a fingir que no te quitaron cosas. Pero todavía no sabes qué parte de tu futuro sigue ahí esperando.

Ethan se secó los ojos.

—Marcus dice que quizá nunca vuelva a jugar como antes.

—Puede que tenga razón.

Aquello le dolió.

A mí también.

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