El sheriff disparó a mi hijo y se rio… pero no sabía quién era realmente su padre

Entonces hizo algo extraño.

Dejó la muleta contra la mesa.

—¿Qué haces?

—Marcus dice que puedo intentarlo.

—¿Intentar qué?

—Caminar hasta ti.

Miré la distancia.

Quizá cuatro metros.

—Ethan…

—No empieces.

Levanté las manos.

—No digo nada.

Dio el primer paso.

Después el segundo.

Temblaba.

El tercero fue más lento.

En el cuarto perdió ligeramente el equilibrio.

Me levanté.

—Si me tocas, vuelvo a empezar.

Me detuve.

Cinco.

Seis.

Siete.

Cuando llegó hasta mí, se dejó caer en la silla.

Respiraba como si hubiera corrido una maratón.

—¿Cuántos?

—Siete.

Sonrió.

—La última vez fueron tres.

—Entonces técnicamente has mejorado más del cien por cien.

—Tus matemáticas son horribles.

Nos reímos.

Después Ethan miró hacia sus piernas.

—Papá.

—¿Sí?

—Creo que voy a volver a caminar.

Esta vez no le prometí nada.

No hacía falta.

—Yo también lo creo.

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