El sheriff disparó a mi hijo y se rio… pero no sabía quién era realmente su padre

Levantó el balón.

—Papá.

—¿Qué?

—Si encesto desde aquí, compras la cena.

—¿Y si fallas?

Sonrió.

—También compras la cena.

—Eso no parece muy justo.

—La vida no siempre lo es.

Lanzó.

Observé el balón cruzar el aire.

Y comprendí que ya no me importaba si entraba.

Mi hijo estaba de pie para verlo caer.

Por ahora, eso era suficiente.

Durante unos segundos, el balón pareció quedarse suspendido en el aire.

Después entró limpiamente en la canasta.

Ethan levantó los brazos.

—¡Cena!

—Ese trato estaba amañado desde el principio.

—Aprendí del mejor.

Laura, sentada en la primera fila de las gradas, se echó a reír. Hacía mucho tiempo que no escuchaba aquella risa sin miedo detrás.

Creí que aquel sería el final.

Me equivocaba.

No porque quedara otro gran secreto por descubrir, sino porque todavía faltaba la parte más difícil: vivir después de todo aquello.

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