El sheriff disparó a mi hijo y se rio… pero no sabía quién era realmente su padre

—Eso es precisamente lo que nos preocupa.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

—¿Qué quiere decir?

Ortega me sostuvo la mirada.

—Elena llamó a nuestra oficina cuarenta minutos después del tiroteo. Dijo que había visto todo y que estaba dispuesta a declarar.

—¿Y después?

—Después dejó de responder.

—¿Dónde está ahora?

Ortega negó lentamente con la cabeza.

—No lo sabemos.

En ese instante mi teléfono vibró.

Otro mensaje del mismo número desconocido.

Esta vez había una fotografía.

La abrí.

Era Elena.

Estaba sentada dentro de un coche, mirando hacia atrás con expresión aterrada.

Debajo de la fotografía había cinco palabras:

“Ella también vio lo ocurrido.”

Y un segundo mensaje apareció inmediatamente después:

“Encuéntrala antes que ellos.”

Levanté la mirada hacia Ortega.

Diecisiete años atrás había aprendido que las situaciones más peligrosas no comenzaban cuando alguien disparaba.

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