—Hay otra cosa —dijo.
—¿Qué?
Sacó del bolsillo una pequeña llave.
—Bell me pidió que se la entregara a usted.
La observé.
Tenía grabado un número:
317.
—¿Qué abre?
—No me lo dijo.
—¿Por qué a mí?
—Solo dijo que si algo le ocurría, usted sabría qué hacer.
Aquello me molestó.
—Bell no me conoce.
Elena me miró sorprendida.
—¿No?
—Nunca lo había visto.
Su expresión cambió.
—Señor Vance… Bell sí lo conocía a usted.
Sentí un escalofrío.
—¿De dónde?
Elena dudó.
—No lo sé. Pero cuando vio a Ethan aquella noche y escuchó su apellido, se quedó completamente pálido.
—¿Qué dijo?
Elena respiró profundamente.
—Dijo: “Dios mío… es el hijo de Caleb.”
Mi mundo se detuvo.
Thomas Bell no solo sabía quién era.
Sabía quién era mi hijo.
Cuando Ortega regresó, le enseñé la llave.