Su equipo comprobó el número.
Treinta minutos después encontramos una coincidencia.
Caja 317.
La misma caja de seguridad privada que Bell había alquilado en Denver.
Ortega consiguió que la llave quedara documentada y custodiada mientras solicitaban acceso legal.
Horas más tarde llegó la autorización.
Yo no estuve presente cuando abrieron la caja.
No necesitaba estarlo.
Ortega regresó al hospital esa noche con una expresión que nunca olvidaré.
—¿Qué había dentro?
Colocó una carpeta sobre la mesa.
—Copias de contratos, transferencias, registros de propiedades, grabaciones y una memoria cifrada. Todo tendrá que verificarse.
—¿Pruebas contra el sheriff?
—Posiblemente. Y contra otras personas.
—¿Cuántas?
Ortega me miró.
—Esto podría ser mucho más grande que él.
Después sacó un sobre.
Mi nombre estaba escrito en la parte frontal.
CALEB VANCE.
Sentí que se me secaba la boca.
—¿Bell dejó esto para mí?
—Sí.