Thomas Bell estaba sentado en la primera fila.
Parecía veinte años mayor de lo que recordaba.
Cuando me vio, se levantó.
—Caleb.
No respondí.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—¿Mi hermano está vivo?
Bell bajó la mirada.
—Sí.
Sentí que todo el cuerpo se me tensaba.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—No me mientas.
—No te estoy mintiendo.
—Entonces dime qué ocurrió.
Bell respiró profundamente.
—Victor trabajó para ellos durante años.
—¿Para Richard?
—Para la organización que financiaba a Richard.
—¿Por qué?
—Dinero al principio.
Bell me miró.
—Después quiso salir.
—¿Y fingió su muerte?
—Sí.
Sentí rabia, alivio y traición al mismo tiempo.
—Me dejó enterrarlo.
—Era la única manera de desaparecer.
—¡Era mi hermano!
Mi voz resonó por toda la iglesia.
Ortega no intervino.
Bell tampoco retrocedió.
—Victor pensó que si tú sabías que estaba vivo, intentarías encontrarlo.