Victor estaba sentado en un restaurante.
Frente a él estaba Richard Vance.
El sheriff.
Y entre ambos había una tercera persona.
Thomas Bell.
—¿Bell trabajaba con ellos?
—No sabemos qué estaba haciendo allí.
Ortega pasó la fotografía.
En el reverso había una fecha y cuatro palabras:
“Victor quiere salir. Bell sabe.”
Sentí que me faltaba el aire.
—Thomas sabe dónde está mi hermano.
—Si sigue vivo.
—Está vivo.
—Caleb…
—Lo sé.
Ortega guardó las fotografías.
—Bell nos ha enviado un mensaje.
Levanté la cabeza.
—¿Qué dice?
Ortega me mostró el teléfono.
“Dejaré de esconderme. Pero solo hablaré si Caleb está presente.”
Debajo aparecía una dirección.
Una vieja iglesia a cuarenta kilómetros del pueblo.
—No vas solo —dijo Ortega.
—Nunca he dicho que fuera a hacerlo.
Tres horas después entré en aquella iglesia acompañado por Ortega y dos investigadores estatales.