El sheriff disparó a mi hijo y se rio… pero no sabía quién era realmente su padre

Miré a mi hijo.

—Nunca lo ha sido.

Ethan sonrió entre lágrimas.

Pero nuestra historia todavía no había terminado.

Porque mientras celebrábamos aquel pequeño milagro, Ortega apareció en la puerta.

Llevaba una carpeta.

Y por su expresión supe que algo había cambiado.

—Caleb.

—¿Qué ocurre?

Miró primero a Ethan y después a mí.

—Richard ha pedido declarar.

—¿Y?

Ortega abrió la carpeta.

—Está dispuesto a entregar nombres, cuentas y documentos a cambio de que los fiscales consideren su cooperación conforme a la ley.

—Entonces que hable.

—Ya ha empezado.

Ortega sacó una fotografía.

—Y acaba de decirnos algo sobre la noche en que disparó a Ethan.

—¿Qué?

—Afirma que no estaba allí por casualidad.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Ya sabemos que iba a reunirse con Bell.

—No me refiero a eso.

Ortega me sostuvo la mirada.

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