Y mientras todo aquello ocurría, yo estaba en el hospital.
No quise verlo.
No necesitaba estar allí cuando se los llevaran.
Estaba donde debía haber estado desde el principio.
Junto a Ethan.
A la mañana siguiente, Marcus entró en la habitación acompañado por una fisioterapeuta.
—Tenemos que intentar algo.
Ethan palideció.
—¿Qué?
—Mover el pie derecho.
Mi hijo cerró los ojos.
Pasaron cinco segundos.
Nada.
Diez.
Laura apretó mi mano.
Entonces lo vi.
El dedo gordo del pie derecho se movió.
Apenas unos milímetros.
Ethan abrió los ojos.
—¿Lo hice?
Marcus sonrió.
—Hazlo otra vez.
El dedo volvió a moverse.
Ethan empezó a llorar.
Laura también.
Yo me cubrí la cara.
Después de todo lo ocurrido, aquel movimiento diminuto fue lo más importante que había visto en mi vida.
Marcus puso una mano sobre mi hombro.
—Esto no significa que el camino vaya a ser fácil.