“Sé lo de los niños”, dijo Beatriz con voz escalofriantemente calmada. “Los siete hijos que has tenido con la esclava muda. Los siete niños que llevan tu sangre y tus rasgos, condenados a la esclavitud mientras yo cargo con la vergüenza de ser considerada estéril.” Ignacio intentó negar. Tartamudeó excusas que ni siquiera él se creía, pero las palabras murieron en su garganta cuando Beatriz levantó una mano con autoridad absoluta.
“No me insultes con mentiras”, dijo fríamente. “He visto a los niños. Son idénticos a ti. Son tus herederos legítimos por sangre, aunque la ley nunca los reconocerá como tales porque nacieron de una mujer que no puede defenderse, que no puede siquiera hablar para contar su historia.” El teniente se sentó en la cama. El miedo comenzando a filtrarse a través de su arrogancia habitual como agua a través de una presa agrietada.