“Nunca se quejará, mi señor”, había dicho el vendedor a Ignacio
con un guiño cómplice que debería haber sido advertencia suficiente de sus intenciones. “Y es joven, fuerte, le dará muchos años de servicio.” Ignacio la había visto el primer día que ella entró a la cocina, vestida con un saco de arpillera que apenas podía llamarse ropa, los pies descalzos dejando huellas de polvo en las baldosas de terracota.
Algo en su silencio lo había perturbado, como si en esa ausencia de palabras se escondiera una verdad que él necesitaba descubrir o quizás destruir. Al principio fueron miradas furtivas cuando Beatriz no estaba cerca, encuentros casuales en los pasillos oscuros de la casona que él orquestaba con cuidado calculado. Luego, cuando Beatriz viajó a Ciudad de México para visitar a su madre enferma, permaneciendo ausente durante 3 meses completos, Ignacio cruzó la línea que separa al amo del depredador, al hombre del monstruo.