Antes de hablar con Don Conrado, Laura decidió revisar una última cosa en el corral. Después de lograr que Jericó frenara su embestida con las mismas tres notas que había usado para llamar becerros durante años, ella sabía que todavía faltaba entender por qué aquel animal había llegado a comportarse así.
Lo que encontró podía cambiar la decisión de todos.
Laura Hernández no salió corriendo del corral después de que Jericó se detuvo. Tampoco aprovechó el momento para presumir que había tenido razón.

Se quedó observándolo.
El toro negro rojizo respiraba con fuerza, pero ya no avanzaba hacia ella. Había bajado la cabeza unos centímetros y mantenía la atención sobre Laura, como si esperara otra señal.
Ella levantó una mano despacio.
No para tocarlo.
Solo para mantenerlo tranquilo.
Detrás de la cerca, los trabajadores seguían procesando lo que acababan de ver.
Casi cincuenta personas habían presenciado cómo una mujer que había entrado sola al corral se colocaba frente al toro más peligroso del rancho y conseguía detenerlo sin gritos, golpes ni una vara de manejo.
Don Conrado Barragán ya no se estaba riendo.
Laura había escuchado suficientes comentarios durante los días anteriores para saber lo que muchos pensaban de Jericó.
Que estaba loco.
Que era impredecible.
Que tarde o temprano iba a lastimar a alguien.
Pero ella había observado otra cosa desde el principio.
Jericó no reaccionaba de la misma manera ante todo.
Con los camiones permanecía tranquilo.
Con los empleados que usaban ropa azul tampoco mostraba el mismo nivel de tensión.
En los pasillos vacíos caminaba sin problema.
El cambio aparecía cuando alguien levantaba una vara roja.
Entonces el animal se tensaba.
Retrocedía.
Buscaba una salida.
Y si se sentía encerrado, avanzaba.
Laura había tardado varios días en entenderlo, pero una vez que lo vio ya no pudo ignorarlo.
Jericó no parecía estar reaccionando contra las personas por simple agresividad.
Estaba reaccionando ante algo que había aprendido a temer.
Y aquella diferencia podía decidir el futuro del animal.
También podía decidir el futuro de Laura.
Ella tenía treinta y cuatro años y vivía con su hija Natalia en once hectáreas cerca de Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua.