Empecé a odiar la palabra “luchador” la noche en que acabé de rodillas en el baño, suplicándole a mi mujer que no me mirara.
Me llamo Diego Morales, tengo 42 años y vivo en Valladolid con mi mujer, Lucía.
Hasta hace poco, yo era de esos hombres que creían estar haciendo las cosas bien.
No fumaba. Bebía muy poco. Salía a correr tres veces por semana. Me hacía revisiones cada año. Comía verdura, pescado, pan integral. Subía por las escaleras aunque el ascensor funcionara.
A veces decía, medio en broma:
“La salud hay que cuidarla.”
Ahora esa frase me duele.
Porque yo la cuidé.
Y aun así, el cáncer llegó.
Todo empezó con un dolor de barriga.
Nada escandaloso. Nada que te haga pensar que tu vida está a punto de romperse. Solo una molestia baja, pesada, que iba y venía. Pensé que sería estrés. O algo que había comido. O una tontería de esas que uno deja pasar porque tiene cosas que hacer.