Lucía me vio apoyarme en la mesa de la cocina.
“Diego, pide cita. No lo dejes.”
Yo resoplé, como si fuera una exageración.
Pero fui.
No porque tuviera miedo. Fui porque siempre había sido prudente.
En la ecografía, el médico dejó de hablar.
Eso fue lo primero que me asustó.
No puso cara de película. No dijo nada terrible. Solo miró la pantalla unos segundos más de lo normal. Movió el aparato despacio sobre mi abdomen y tragó saliva.
Después dijo:
“Vamos a pedir una tomografía con urgencia.”
Con urgencia.
Dos palabras sencillas.
Pero cuando te las dicen tumbado en una camilla, con el gel frío todavía en la piel, esas palabras pesan como una losa.
Unos días después, Lucía y yo estábamos sentados en el pasillo del hospital.
La gente pasaba a nuestro lado. Una señora buscaba papeles dentro del bolso. Un hombre hablaba bajito por teléfono. Una puerta se abría y se cerraba. Alguien reía al fondo.