Y si tienes suerte, también coloca a un perro viejo delante de ti, dispuesto a recordarte que todavía mereces ser defendida.
Hoy Roco duerme más de lo que camina.
Sus pasos son lentos. Su hocico está casi blanco. Algunos días le cuesta levantarse y Mateo se sienta en el suelo a esperarlo sin prisa.
Pero cuando la furgoneta de Carlos aparece los domingos, Roco todavía levanta la cabeza.
Todavía mueve la cola.
Todavía mira a Mateo como si dijera:
“Vamos, pequeño. Tu padre nos espera en cada camino bueno.”
Y nosotros vamos.
Porque ya no caminamos solos.
Nunca más.