Creí que aquella mañana en el pasillo había sido el final de nuestra pesadilla.
Creí que, después de seis meses de calma, Mateo por fin volvería a dormir sin sobresaltos y Roco podría envejecer tranquilo, con el sol en el lomo y la cabeza apoyada sobre mis pies.
Pero una tarde de domingo, justo cuando la furgoneta de Carlos se detuvo frente al edificio, Roco levantó la cabeza de golpe.
Y por primera vez desde que lo conocía, el viejo perro empezó a llorar como si hubiera reconocido algo que nosotros todavía no podíamos ver.
No fue un ladrido.
No fue un gruñido.
Fue un sonido bajo, roto, casi humano, que me heló la sangre.
Mateo estaba sentado en el suelo del salón, terminando una pequeña figura de madera que Carlos le había ayudado a tallar. Era un perro con una pata un poco torcida, igual que Roco.