En el bosque entendí que mi desaparición no era un accidente: frente a mí había una fosa y alguien observaba oculto. Uno dijo: «Para tu familia estás descansando unos días en la costa». No grité; protegí al desconocido y, al escapar, llamé a la Guardia Civil. Entonces apareció el mensaje de las 6:12, confirmado por mi propio hijo.

—No hacía falta venir —dijo.

—Sí hacía falta.

Ella le pidió que se sentara.

Adrián permaneció de pie.

Elena sonrió débilmente.

—En el bosque podrías haber escapado.

—También usted podía haberme señalado.

—Te vi asustado.

—Yo también la vi.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Elena le preguntó dónde vivía.

Adrián respondió con evasivas.

Cuando ella insistió, admitió que no tenía una vivienda estable.

También contó que había abandonado los estudios después del fallecimiento de su madre. Su padre, Julián, había pasado años entrando y saliendo de trabajos precarios y acabó alejándose después de una fuerte discusión familiar.

Adrián no sabía dónde estaba.

Elena quiso ofrecerle dinero.

El muchacho se negó.

—No salí por dinero.

—Ya lo sé.

—Entonces no me pague.

Aquella respuesta conmovió especialmente a Elena.

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