—Ser su madre no me da derecho a convertir sus decisiones en decisiones sin consecuencias.
Aun así, le escribió.
No todos los días.
No todas las semanas.
Pero le escribió.
Nunca le prometió que todo volvería a ser como antes.
Porque sabía que no sería verdad.
Le dijo que el perdón, si algún día llegaba, no significaría olvidar.
Y que recuperar la confianza podría tardar años.
Jaime contestó meses después con una carta sin excusas.
Reconoció que no había sido únicamente víctima de la manipulación de Sergio.
Había sentido envidia.
Había querido demostrar que merecía el poder que creía que su madre le negaba.
Y había aceptado una mentira porque beneficiaba a sus deseos.
Elena guardó aquella carta en un cajón.
No porque arreglara el pasado.
Sino porque, por primera vez, su hijo había dejado de culpar a otros.