Mientras tanto, Adrián avanzaba.
Al principio llegaba tarde a algunas clases porque todavía dormía mal. Cualquier ruido de motor durante la madrugada le recordaba la furgoneta negra.
Pero terminó el primer módulo.
Después comenzó las prácticas en un taller de vehículos pesados.
Un mecánico llamado Rubén descubrió que tenía una habilidad especial para detectar fallos eléctricos.
—Tienes cabeza para esto —le repetía.
Era la primera vez en años que un adulto le decía que era bueno en algo sin pedirle nada a cambio.
Casi 1 año después del bosque, Elena recibió una llamada inesperada de la trabajadora social.
Habían localizado a Julián, el padre de Adrián.
Vivía en Valladolid.
Nunca había desaparecido porque dejara de querer a su hijo.
Después del fallecimiento de su esposa había sufrido una caída personal profunda, acumulando deudas y vergüenza. Cuando intentó regresar, creyó que Adrián lo rechazaba.