Ya no estaba la furgoneta.
Solo árboles, humedad y el sonido lejano de los pájaros.
Adrián señaló el punto donde se había escondido.
—Fue ahí.
Elena observó los helechos.
—Yo te vi.
—Lo sé.
—Pensé que saldrías corriendo.
Adrián sonrió.
—Yo también.
Elena miró después el claro donde había estado la fosa.
Durante meses creyó que aquel lugar representaría para siempre el peor día de su vida.
Pero comprendió algo diferente.
Allí había descubierto hasta dónde podía llegar una traición.
También había descubierto hasta dónde podía llegar una persona que no tenía ninguna obligación de ayudar.
Un socio de 24 años había decidido sacrificarla por dinero.
Su propio hijo había abierto la puerta a la mentira por ambición.
Y un muchacho al que la sociedad llevaba años ignorando había sido el único que, pudiendo mirar hacia otro lado, eligió salir de su escondite.