Un silencio denso, sofocante, cayó con pesadez sobre la cocina. El zumbido constante del refrigerador
se volvió, de repente, ensordecedor. Daniel dio un paso vacilante; sus zapatos lustrados chirriaron levemente sobre el suelo reluciente. Había perdido esa postura de arrogante seguridad que lucía cada mañana al ponerse la chaqueta de su traje. Su mano derecha se separó del marco de la puerta para frotarse, con nerviosismo, la nuca.
«¿Tú… has comprado una casa? ¿Antes de nuestra boda? ¿Sin decirme nada?». —balbuceó, con los ojos muy abiertos. La incomprensión ya se estaba transformando en indignación, esa famosa indignación masculina que él sacaba a relucir cada vez que algo se le escapaba de las manos. «¡Pero bueno, Elena! ¡Nos prometimos ser transparentes el uno con el otro! ¡El matrimonio se basa en la honestidad, en compartir nuestras vidas! ¿Cómo has podido ocultarme una propiedad inmobiliaria?».