Nombró a Renata.
A Nicolás.
A mis tíos.
A mis primos.
Finalmente me miró.
“Y por supuesto está Valeria.”
Varias cabezas se giraron hacia mí.
“Mi hija mayor.”
Se escucharon aplausos tímidos.
Mi padre sonrió.
“Valeria nunca tuvo la suerte de Renata. Ni en el amor, ni profesionalmente, ni socialmente.”
Algunas personas rieron.
Mi madre inclinó la cabeza, divertida.
Yo permanecí sentada.
Mi padre continuó.
“Pero todos tenemos un familiar que nos recuerda que siempre podría habernos ido peor.”
Las risas aumentaron.
Renata bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Entonces me levanté.
No para discutir.
Solo quería salir unos minutos.
Pasé cerca de la mesa principal.
Mi padre dejó el micrófono, tomó una copa llena de vino tinto y se acercó.
“¿Ahora te ofendiste?”
“No.”
“Entonces sonríe.”
“Prefiero salir un momento.”
Su expresión cambió.
Odiaba que yo no reaccionara.
Desde niña, su poder dependía de conseguir que llorara.
“Siempre haces lo mismo.”
“¿Qué cosa?”
“Convertirte en víctima.”
Y antes de que pudiera moverme, inclinó lentamente la copa.
El vino cayó directamente sobre mi vestido.
Escuché el jadeo colectivo del salón.
Mi padre dejó la copa vacía sobre una mesa.
“Ahora sí tienes una razón para hacer drama.”
Miré el vino.
Después lo miré a él.
Y finalmente saqué el teléfono.
Solo hice una llamada.
“¿Dónde estás?”
La voz de Santiago respondió:
“Entrando al hotel.”
Miré a mi padre.
“Perfecto.”
Colgué.
Porque en ese instante entendí algo.
No necesitaba defenderme.
Solo necesitaba dejar que entrara la persona que mi familia llevaba 2 años sin saber que existía.