El cuarto habló por un auricular.
La gente comenzó a voltearse.
Nicolás dejó de sonreír.
Su padre, Ernesto Alcázar, se puso de pie.
Luego entró Santiago.
Traje azul oscuro.
Camisa blanca.
Sin corbata.
Había viajado durante horas y aun así caminaba como si aquel hotel le perteneciera.
Vi a Ernesto palidecer.
“¿Ese no es Santiago Valdés?”
Nicolás giró de inmediato.
“¿Qué?”
“Valdés Global.”
Otra persona se levantó.
Alguien sacó discretamente su teléfono.
Mi padre miró hacia la entrada.
No reconoció a Santiago.
Ernesto sí.
Cruzó el salón casi corriendo.
“Señor Valdés.”
Extendió ambas manos.
“Qué sorpresa. No sabía que estaría aquí. Ernesto Alcázar. Hemos estado intentando coordinar una reunión con su equipo.”
Santiago ni siquiera se detuvo.
Pasó junto a él.
Sus ojos estaban puestos en mí.
Cuando vio mi vestido, frenó.
Su mandíbula se tensó.
Llegó hasta mí y preguntó en voz baja:
“¿Quién hizo esto?”
“Después.”
Se quitó el saco y lo colocó sobre mis hombros.
Luego me besó suavemente en la frente.
“Perdón por llegar tarde, amor.”
El silencio fue brutal.
Mi madre abrió la boca.
Renata dejó caer su copa.
Mi padre frunció el ceño.
“¿Amor?”
Santiago pasó un brazo alrededor de mi cintura.
“Buenas noches.”
Mi padre lo observó de arriba abajo.
“¿Quién es usted?”
Ernesto Alcázar cerró los ojos.
Parecía querer desaparecer.
Santiago respondió:
“Santiago Valdés.”
Mi padre tardó unos segundos en entender.
Cuando finalmente reconoció el apellido, perdió color.
Santiago continuó:
“Y soy el esposo de Valeria.”
Mi madre soltó una carcajada nerviosa.
“Eso no es posible.”
Nadie respondió.
“Valeria no está casada.”
Santiago levantó la mano izquierda.
Después tomó la mía.
Nuestros anillos eran idénticos.
“Llevamos 2 años casados.”
Renata me miró con los ojos abiertos.
“¿2 años?”
“Sí.”
“¿Y nunca dijiste nada?”
“No preguntaste.”
Mi padre parecía haber olvidado completamente el vino.
“Valeria, esto es absurdo. ¿Por qué ocultarías algo así?”
Lo miré.
“Porque quería saber cómo me tratarían cuando creyeran que yo no podía ofrecerles nada.”
Su cara se endureció.
Pero antes de responder, Ernesto Alcázar dio un paso hacia Santiago.
“Señor Valdés, sé que este quizá no sea el momento, pero nuestra operación todavía está programada para revisión el lunes, ¿correcto?”