“¿Qué?”
Ernesto parecía no creer lo que estaba viendo.
“Ella dirige estrategia en Altamira.”
Nicolás levantó la cabeza.
“¿La misma Altamira que compró parte del corredor industrial del norte?”
“Sí.”
Ernesto me miró.
“Su firma está detrás de algunas de las operaciones privadas más grandes del país.”
Mi madre negó lentamente.
“No.”
“Sí.”
“Valeria trabaja en una oficina.”
“Claro que trabajo en una oficina.”
“Me dijiste que eras empleada.”
“Nunca dije eso.”
“Dijiste que trabajabas con documentos.”
“Trabajo con muchos documentos.”
Santiago soltó una pequeña risa.
Mi padre me observaba como si yo fuera una extraña.
Tal vez siempre lo había sido.
“¿Desde cuándo?”
“Desde hace años.”
“¿Cuánto ganas?”
Esa pregunta terminó de romper algo dentro de mí.
No preguntó si era feliz.
No preguntó por qué jamás había confiado en ellos.
Preguntó cuánto ganaba.
“Eso no es asunto tuyo.”
“Soy tu padre.”
“No cuando necesitas mi cuenta bancaria para recordar que valgo algo.”
Retrocedió.
Mi madre comenzó a llorar.
“Nos engañaste.”
“No.”
Guardé el teléfono.
“Ustedes decidieron quién era yo sin molestarse jamás en conocerme.”
Miré a Renata.
Seguía llorando junto a Nicolás.
Durante años pensé que la odiaba.
Pero en aquel momento solo sentí cansancio.
Ella también había crecido dentro del mismo sistema.
Solo que a ella le había tocado interpretar a la hija perfecta.
“Espero que puedas resolver lo que viene, Renata.”
Levantó la vista.
“¿Eso es todo?”
“¿Qué quieres que diga?”
“¡Mi matrimonio puede acabarse esta misma noche!”
“Entonces habla con tu esposo.”
“¡Santiago acaba de destruir a su familia!”
Negué lentamente.
“No.”
La miré directamente.
“Las deudas ya existían antes de que Santiago entrara por esa puerta.”
Nicolás cerró los ojos.
Renata dejó de hablar.
Mi padre dio un paso hacia mí.
“Valeria, podemos arreglar esto.”
“¿Todavía no entiendes?”
“Entiendo que estás molesta.”
“No estoy molesta.”
Y era verdad.
Por primera vez, no sentía rabia.
Sentía libertad.
“Pasé años intentando demostrarles que era suficiente.”
Miré el vino seco sobre mi vestido.
“Hoy entendí que nunca importó lo que hiciera. Siempre necesitaban que alguien estuviera abajo para que ustedes pudieran sentirse arriba.”
Mi madre lloró más fuerte.
“Somos tus padres.”
“Biológicamente.”
Arturo palideció.
“¿Vas a abandonarnos por una discusión?”
“No.”
Tomé la mano de Santiago.