No contesté.
“¿Por qué nunca nos contaste quién era Santiago?”
“Porque no quería que lo supieran.”
“Pero somos tu familia.”
Casi me reí.
“Hace 10 minutos papá me llamó fracasada delante de casi 300 personas.”
“Estaba tomado.”
“Y tú te reíste.”
Su cara cambió.
“Fue una situación incómoda.”
“Para mí.”
“Para todos.”
Ahí estaba.
Incluso entonces, todavía no podía verlo.
Todo tenía que girar alrededor de ellos.
Mi padre respiró profundo.
“Está bien.”
Su voz se volvió repentinamente suave.
“Cometimos errores.”
Santiago me miró.
Sabía perfectamente lo que venía.
“Valeria, hija.”
No recordaba cuándo había sido la última vez que mi padre me había llamado así.
“Debiste confiar en nosotros.”
“No.”
“Podemos empezar de nuevo.”
“¿Por qué?”
“Porque somos familia.”
“Hace 10 minutos dijiste que nadie podría quererme.”
Mi padre miró incómodamente a Santiago.
“Evidentemente estaba equivocado.”
Aquella frase me confirmó todo.
No lamentaba haberme humillado.
Lamentaba haberse equivocado sobre mi valor social.
“Eso es exactamente lo que necesitaba escuchar.”
“¿Qué cosa?”
“Que no cambiaste.”
Mi madre apretó los labios.
“Valeria, tampoco exageres. Casarte con un hombre exitoso no significa que ahora seas superior a todos.”
Sonreí.
Aquello casi me dio ternura.
Incluso enfrentada a la realidad, necesitaba encontrar una forma de colocarme debajo de alguien.
“En eso tienes razón.”
Mi madre pareció recuperar confianza.
“Claro que tengo razón.”
“Casarme con Santiago no me hizo poderosa.”
Mi padre me miró.
“Entonces dejemos de hacer un espectáculo.”
En ese momento mi celular vibró.
Después otra vez.
Y otra.
Saqué el teléfono.
Era mi asistente.
Contesté.
“Dime.”
“Valeria, perdona que te moleste. El consejo adelantó la reunión.”
Me alejé unos pasos.
“¿Qué ocurrió?”
“La empresa de infraestructura aceptó nuestra última propuesta. Pero necesitan autorización antes de medianoche para liberar la operación.”
“¿Monto final?”
“6,400 millones de pesos.”
Varias personas cercanas pudieron escucharlo.
Mi padre dejó de hablar.
“¿Están listos los contratos?”
“Sí.”
“Entonces autorizo.”
“¿Con la estructura 60-40?”
“55-45. No quiero que los fundadores pierdan el control operativo durante los primeros 18 meses.”
Hubo una breve pausa.
“Entendido, directora.”
Colgué.
Cuando levanté la vista, mi madre me observaba.
“¿Qué fue eso?”
“Trabajo.”
“¿Qué clase de trabajo administrativo autoriza operaciones de 6,400 millones?”
No respondí.
Ernesto Alcázar sí.
Me estaba mirando con una expresión completamente nueva.
“Valeria Montemayor.”
Asentí.
“Altamira Capital.”
Mi padre giró.