En mi 73 cumpleaños, mientras mi familia se reía del único regalo de 2 €, vi algo en aquel rasca que nadie más notó. Días después oí a mi nuera decir: “Tu madre empieza a ser una carga”. No lloré ni discutí: llamé a un abogado. Meses después, cuando quisieron mandarme a una residencia, puse el mismo boleto sobre la mesa.

Beatriz volvió a mirar el documento.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—El plazo legal indicado ahí.

—¿Y qué pretendes que hagamos?

Teresa la miró.

—Lo mismo que esperabais que hiciera yo antes del 8 de enero. Buscar una vivienda, organizar una mudanza y comenzar otra etapa.

Beatriz bajó la mirada.

Teresa no sintió satisfacción.

Eso la sorprendió.

Durante meses había imaginado ese momento. Había pensado que sentiría una especie de justicia perfecta al verlos enfrentarse a las consecuencias.

Pero delante de ella seguían estando su hijo y la mujer con la que había compartido Navidades, cumpleaños, enfermedades y tardes de colegio.

Poner un límite no eliminaba el cariño.

Solo impedía que ese cariño continuara destruyendo su dignidad.

Javier levantó la cabeza.

—¿Vas a vender la casa?

—Sí.

—Podrías dejarnos seguir alquilándola.

—Podría.

—Entonces, ¿por qué no?

—Porque no quiero volver a preguntarme si me invitas a comer porque soy tu madre o porque soy tu casera.

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