Javier abrió la boca.
Después la cerró.
—Tampoco quiero discutir contigo una avería, una subida de alquiler o una reparación —continuó Teresa—. Quiero que vuelvas a ser mi hijo.
La frase le golpeó más que el aviso.
Teresa abrió su bolso y sacó una carpeta.
—También he organizado mi testamento.
Beatriz levantó la vista.
—¿Has hecho testamento nuevo?
—Sí.
—¿Nos has desheredado?
Teresa casi sonrió.
—Qué curioso que esa sea la primera pregunta.
—No quería decir…
—No importa.
Respiró lentamente.
—He creado 2 fondos para Mateo y Claudia.
Javier parpadeó.
—¿Fondos?
—Para su educación.
—¿Cuánto?
—Lo necesario para que puedan estudiar sin empezar la vida con miedo a una matrícula o a un alquiler.
Beatriz pareció aliviada.
—Entonces nosotros podremos administrarlos.
—No.
La palabra cayó limpiamente.
—¿Cómo que no?
—Los administra una entidad independiente.
—Somos sus padres.
—Precisamente por eso quiero evitar discusiones familiares. El dinero es de su futuro. No servirá para pagar coches, vacaciones, reformas ni deudas.