Manuel y Teresa.
Las mismas iniciales que había llevado durante décadas el pequeño negocio de su marido.
Javier recibió un correo informándole de que existía un nuevo propietario. Ni siquiera preguntó quién era.
Solo cambió la cuenta donde pagaba el alquiler.
El 3 de diciembre, Teresa dejó una maleta preparada junto a su cama.
A las 8:31 de la mañana siguiente sonó el timbre.
Un mensajero entregó a Javier un sobre certificado.
Él lo abrió mientras entraba en la cocina.
—¿M&T Patrimonial?
Beatriz apareció detrás.
Javier leyó la primera página.
Su sonrisa desapareció.
El contrato mensual quedaba resuelto legalmente con el plazo correspondiente. La vivienda saldría a la venta. La familia debía abandonarla en la fecha indicada.
—Esto tiene que ser un error.
Teresa siguió bebiendo café.
—No lo es.
Javier levantó la cabeza.
—¿Cómo lo sabes?
Dentro del sobre había una segunda carta.
Sin membrete.
Escrita por Teresa.
Javier comenzó a leer.
“M&T significa Manuel y Teresa.”
El silencio fue inmediato.
—Mamá… —murmuró—. ¿Qué significa esto?
Teresa abrió su bolso, sacó una funda transparente y la dejó sobre la mesa.
Dentro estaba el rasca de 2 €.
Beatriz lo reconoció.
Su cara perdió el color.
—No puede ser.
—Sí puede.
Javier miró primero el boleto.
Después el aviso de desalojo.
Después a su madre.
—¿Tú compraste esta casa?
Teresa sostuvo su mirada.
—Sí.
Y por primera vez desde que habían decidido enviarla a una residencia, ninguno de los 2 encontró una sola palabra que decir.
PARTE 3
Javier permaneció de pie con la carta entre las manos.
Beatriz fue la primera en reaccionar.
—¿Desde cuándo?
Teresa dejó la taza sobre el plato.
—Compré la casa en julio.
—¿Julio?
—Sí.
—¿Y llevas todos estos meses cobrando nuestro alquiler?
—La empresa lo ha cobrado. Yo no quería mezclar directamente nuestra relación familiar con el dinero.
Beatriz soltó una risa nerviosa.
—Pues parece que has terminado mezclándolo bastante.
Teresa la observó sin levantar la voz.
—Lo mezclaríais vosotros en el momento en que supierais lo del premio. Por eso no os lo conté.
Javier todavía miraba el rasca.
—¿Cuánto ganaste?
—Lo suficiente para no tener que preocuparme por el dinero si soy responsable.
—Eso no responde.
—No necesito responder a todo.
Aquella frase desconcertó a Javier.
Durante años, su madre había explicado cada decisión. A qué hora salía. Dónde iba. Cuánto gastaba. Si podía recoger a los niños. Si tenía una cita médica.