Beatriz guardó silencio.
—Fuimos a verlo porque queríamos facilitar las cosas.
—¿Para quién?
Nadie contestó.
Teresa cogió el folleto y lo abrió.
Piscina climatizada.
Talleres.
Fisioterapia.
Jardines.
—No tengo nada contra este sitio. Puede que dentro de 10 años yo misma quiera vivir en una residencia. Pero entonces llamaré yo. Iré yo. Preguntaré yo. Y decidiré yo.
Miró directamente a su hijo.
—Lo que me dolió no fue el edificio. Fue descubrir que mi opinión era la última cosa que necesitabais para decidir dónde iba a vivir.
Javier se sentó lentamente.
Su voz había perdido toda firmeza.
—Mateo necesitaba más espacio.
—Y por eso su abuela tenía que desaparecer.
—No fue así.
—Lo decidisteis antes de hablar conmigo.
Javier se pasó las manos por la cara.
—No lo vimos de esa manera.
Teresa sintió una punzada inesperada.
Aquello era precisamente lo más doloroso.
No eran monstruos.
No habían planeado humillarla.
La crueldad más difícil de reconocer no siempre nace del odio.
A veces nace de la costumbre.
Se habían acostumbrado a que Teresa cocinara.
A que Teresa cuidara.
A que Teresa cediera.
A que Teresa ocupara poco.
Y cuando una persona se hace pequeña durante suficiente tiempo, los demás terminan creyendo que ese es su tamaño natural.
Beatriz volvió a mirar el documento.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—El plazo legal indicado ahí.
—¿Y qué pretendes que hagamos?
Teresa la miró.
—Lo mismo que esperabais que hiciera yo antes del 8 de enero. Buscar una vivienda, organizar una mudanza y comenzar otra etapa.
Beatriz bajó la mirada.
Teresa no sintió satisfacción.
Eso la sorprendió.
Durante meses había imaginado ese momento. Había pensado que sentiría una especie de justicia perfecta al verlos enfrentarse a las consecuencias.
Pero delante de ella seguían estando su hijo y la mujer con la que había compartido Navidades, cumpleaños, enfermedades y tardes de colegio.
Poner un límite no eliminaba el cariño.
Solo impedía que ese cariño continuara destruyendo su dignidad.
Javier levantó la cabeza.
—¿Vas a vender la casa?
—Sí.
—Podrías dejarnos seguir alquilándola.
—Podría.
—Entonces, ¿por qué no?
—Porque no quiero volver a preguntarme si me invitas a comer porque soy tu madre o porque soy tu casera.
Javier abrió la boca.
Después la cerró.
—Tampoco quiero discutir contigo una avería, una subida de alquiler o una reparación —continuó Teresa—. Quiero que vuelvas a ser mi hijo.