Él bajó la vista.
—Mamá está nerviosa —murmuró—. No conviertas esto en un drama.
Aquella frase le hizo más daño que las tijeras.
Durante 4 años, Valeria había tolerado que Mercedes se presentara sin avisar, reorganizara la cocina, opinara sobre sus contratos, se apropiara de la habitación de invitados y contara a toda la familia que Álvaro había comprado aquella casa gracias a “su brillante carrera financiera”. La verdad era mucho menos cómoda: Álvaro trabajaba como asesor comercial con un sueldo correcto, pero la vivienda había sido adquirida por Valeria 2 años antes de casarse, después de vender una participación de su primera empresa tecnológica.
Ella había corregido la mentira al principio. Álvaro le pidió que dejara de hacerlo.
—A mi madre le hace ilusión presumir de mí. ¿Qué más da? Nosotros sabemos la verdad.
Valeria había cedido por amor. Y cada silencio había alimentado otro abuso.