Escribió a su abogada, Lucía Ferrer. Después llamó a un servicio de cerrajería 24 horas y dejó preparada una autorización para retirar todos los accesos de invitados.
A las 7:30 llegó el cerrajero. A las 8:10, las llaves de Mercedes ya no servían, el mando del garaje estaba anulado y su huella había desaparecido del sistema de entrada.
A las 8:42, el móvil de Valeria vibró.
La cámara exterior mostró a Mercedes frente a la puerta, con gafas enormes, bolso de lujo y una bolsa de compras.
Introdujo su llave.
No giró.
La sacó, la miró y volvió a intentarlo.
Nada.
Entonces levantó los ojos hacia la cámara.
Y por primera vez, la mujer que llevaba años diciendo “esta casa es de mi hijo” pareció preguntarse si alguna vez había sabido realmente dónde estaba viviendo.
PARTE 2
Mercedes aporreó la puerta hasta que Álvaro bajó corriendo.
—¡Ábreme ahora mismo!
Valeria activó el altavoz desde la cocina.
—Tu llave ya no da acceso a esta propiedad.
Mercedes soltó una carcajada seca.
—¿Propiedad? Esta casa es de Álvaro.
Valeria giró el portátil hacia su marido. En pantalla aparecía la escritura.
Álvaro palideció.
Cuando dejó entrar a su madre, Mercedes irrumpió indignada y anunció que se quedaría “unas semanas” para poner orden.
—No —respondió Valeria.
La suegra señaló su vientre.
—Ese bebé también es de mi hijo. Tendrás que aprender quién manda en esta familia.
Álvaro volvió a callar.
Valeria colocó sobre la isla 2 documentos: la factura del vestido, 3.800 euros, y una copia certificada de la escritura.
Mercedes leyó el nombre de la propietaria y frunció el ceño.
—¿Dónde está Álvaro?
Nadie respondió.
Entonces ella miró a su hijo.
—Me dijiste que la compraste tú.
Álvaro apretó los puños.
—Porque estaba harto de que todos supieran que ella ganaba más que yo.
Valeria sintió que algo terminaba de romperse.
No era la tela. No era la casa.
Era el matrimonio.
Y aún faltaba descubrir cuánto había mentido Álvaro para sostener aquella ficción.
PARTE 3
Valeria se quedó mirando a Álvaro mientras Mercedes, por primera vez, parecía demasiado desconcertada para hablar.
—Así que no te avergonzaba mi forma de tratarte —dijo Valeria al fin—. Te avergonzaba que yo no necesitara que me mantuvieras.
Álvaro se pasó una mano por el pelo.
—No es tan sencillo.