—Sí lo es.
Mercedes reaccionó antes que él.
—Un matrimonio comparte todo. Si la casa es tuya, también es de mi hijo.
Valeria tomó el documento y lo guardó de nuevo en la carpeta.
—Compartir no significa apropiarse. Y querer a alguien no significa permitir que su madre lo humille para que él se sienta más hombre.
—No metas a mi madre en esto —replicó Álvaro.
Valeria lo miró con una serenidad que lo puso más nervioso que cualquier grito.
—Ella cortó mi vestido delante de ti. Tú la metiste en esto cuando decidiste no detenerla.
Mercedes dio un paso hacia ella, pero se frenó al fijarse en la pequeña cámara del techo. Valeria siguió su mirada.
—Sí. La cocina tiene grabación de seguridad.
Álvaro palideció aún más.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que te mudaras.
Valeria abrió otra carpeta. Allí estaban los extractos de una tarjeta adicional: restaurantes, hoteles, ropa, un reloj de 7.200 euros, pagos de un coche y transferencias mensuales a Mercedes bajo el concepto “gastos familiares”.
—No me molesta que hayas ayudado a tu madre —dijo Valeria—. Me molesta que lo hicieras con dinero de una cuenta que alimentaba casi exclusivamente yo mientras ella me llamaba mantenida.
Mercedes miró a su hijo.
Álvaro no negó nada.
—Pensaba devolvértelo.
—¿Con qué?
La pregunta cayó como una piedra.
Él desvió la vista.
Valeria continuó.
—Y también encontré los correos del banco. Hace 3 meses preguntaste si podías presentar esta vivienda como garantía para un préstamo de tu proyecto.
—Solo fue una consulta.
—Una consulta en la que te describiste como propietario.
—No firmé nada.
—Porque te pidieron la escritura.
Mercedes se sentó lentamente en uno de los taburetes de la isla. Toda la arrogancia de unos minutos antes se había convertido en una expresión de incredulidad.
—Álvaro… ¿qué proyecto?
Él cerró los ojos.
Era una pequeña empresa de inversión inmobiliaria que llevaba casi 1 año intentando lanzar. Había hablado de ella en cenas, había presumido ante primos y amigos, había asegurado que tenía capital propio y que él y Valeria eran “socios”. La realidad era que Valeria jamás había invertido en el negocio. Álvaro había usado su apellido, su casa y la reputación de su empresa para parecer solvente.
Valeria había visto correos, pero hasta entonces no comprendía la dimensión de la mentira.