Se marchó 10 minutos más tarde.
Esa tarde, Valeria tenía una gala en el centro de Madrid. Era la presentación anual de resultados de Robles Digital, la empresa que había fundado con 2 antiguos compañeros en Chamberí. El vestido blanco destruido era para esa noche.
Su asistente, Nuria, apareció en casa con una solución: un traje de chaqueta verde oscuro, elegante, sobrio, adaptado para su embarazo y conseguido en una firma madrileña con la que trabajaban habitualmente.
—No necesitas parecer una novia —le dijo mientras ajustaban la chaqueta—. Necesitas parecer tú.
Valeria sonrió por primera vez en 24 horas.
Al llegar al hotel del Paseo de la Castellana, los focos, las copas y el murmullo de más de 300 invitados le devolvieron una sensación conocida: allí nadie conocía la versión de ella que Mercedes había inventado. Allí era la fundadora que había negociado contratos, contratado equipos y levantado una empresa desde cero.
Álvaro apareció 20 minutos tarde.
Y no llegó solo.
Mercedes caminaba a su lado.
Valeria sintió que se le endurecía la mandíbula. Álvaro se acercó enseguida.
—Mamá solo quiere arreglar las cosas.
—Este no es el lugar.
—Precisamente. Aquí puede ver lo que haces y entenderlo.
Pero Mercedes no había ido a entender nada.
Durante el cóctel, se acercó a un grupo de inversores y directivos que conversaban con Nuria. Con una sonrisa perfectamente ensayada, comentó:
—Álvaro ha sido fundamental en todo esto. Detrás de una gran empresaria siempre hay alguien sosteniendo la casa.
Nuria miró a Valeria desde lejos.
Valeria se acercó.
Uno de los invitados, que conocía a Álvaro solo de vista, preguntó con educación:
—¿Trabajas también en Robles Digital?
Antes de que él respondiera, Valeria dijo:
—No. Álvaro nunca ha trabajado en la empresa ni ha invertido en ella.
No elevó la voz. No añadió nada más.
Pero la sonrisa de Mercedes desapareció.
A las 22:00, Valeria subió al escenario para cerrar el acto. Había preparado un discurso sobre crecimiento empresarial, pero mientras miraba a las personas que habían trabajado con ella durante años decidió cambiar las primeras líneas.
—Esta noche iba a llevar un vestido blanco que ya no existe —comenzó—. Ayer alguien lo rompió porque pensaba que podía decidir cuánto valía yo, quién pagaba mi casa y qué lugar debía ocupar.