—¿Has usado mi nombre para conseguir inversores? —preguntó.
—No exactamente.
—Esa respuesta significa que sí.
—Solo dije que eras mi mujer y que estabas apoyando el proyecto.
Valeria tomó el móvil y llamó a Lucía, su abogada. Puso el altavoz.
—Lucía, necesito que envíes hoy mismo una comunicación formal indicando que ni yo ni mi empresa tenemos relación financiera con el proyecto de Álvaro Serrano. Y quiero que revises cualquier documento donde aparezca mi nombre.
Álvaro dio un paso hacia ella.
—No hagas esto ahora.
—Precisamente ahora.
—Puedes arruinarme.
Valeria bajó el teléfono después de que Lucía confirmara que se ocuparía.
—No. Lo que puede arruinarte es haber construido una imagen con cosas que no eran tuyas.
Mercedes empezó a llorar, pero no por Valeria. Miraba a su hijo como si le hubieran cambiado el rostro.
—Yo se lo conté a todo el mundo —murmuró—. A tus tíos, a tus primos… Dije que habías comprado esta casa.
Álvaro golpeó el mármol con la palma.
—¡Porque estaba cansado! ¿Vale? Cansado de llegar a una cena y que todos le preguntaran a Valeria por su empresa, sus clientes, sus premios, mientras a mí me preguntaban si “la ayudaba”. Cansado de ser el marido de Valeria Robles.
Valeria sintió una punzada, pero ya no fue dolor. Fue comprensión.
Durante años creyó que el problema era la dependencia de Álvaro hacia su madre. Ahora entendía que Mercedes había sido el altavoz de una inseguridad que él alimentaba.
—Yo nunca te pedí que fueras “el marido de Valeria Robles” —dijo—. Te pedí que fueras mi compañero.
—Es fácil decirlo cuando tú eras la que tenía todo.
Valeria se llevó la mano al vientre.
—No. Yo tenía una empresa que casi quebró 2 veces, noches sin dormir y una hipoteca que pagué antes de conocerte. Tú viste el resultado y lo convertiste en una ofensa personal.
Mercedes se levantó.
—Nos vamos.
Valeria negó con la cabeza.
—Tú te vas. Álvaro se quedará hasta que acordemos con los abogados cómo hacer su salida. No quiero escenas y no quiero que vuelvas a entrar sin permiso.
—¿Me estás echando de la casa de mi hijo?
Valeria la sostuvo con la mirada.
—De mi casa.
Mercedes abrió la boca, pero no encontró una respuesta que no sonara ridícula después de haber leído la escritura.