En nuestra luna de miel en Madrid, bajé la cremallera del vestido de mi esposa y descubrí las marcas que llevaba años ocultando mientras su hermano era un médico admirado. Llegó un mensaje de su madre: “Elena, no vuelvas a cometer el error de abrir la boca”. No grité; llamé al hospital y a una abogada. Después aparecieron unos informes secretos de su padre. –

Él arqueó una ceja.

—¿Qué quieres que pregunte?

—Qué necesito para poder construirla yo.

Adrián sonrió todavía más.

—De acuerdo. ¿Qué necesitas?

La Fundación Alba nació 7 meses después.

El nombre no pertenecía a ningún apellido.

Ese detalle era importante para Elena.

En sus primeros 2 años ayudó a 83 personas a obtener asesoría legal, protección temporal o asistencia psicológica.

Elena nunca permitió que utilizaran su imagen como la de una víctima perfecta.

—No quiero que nadie venga aquí porque piense que yo sobreviví mejor —repetía—. Quiero que venga porque descubra que tiene derecho a decidir qué hacer con su propia historia.

Casi 3 años después de aquella noche en Madrid, Elena entró una tarde en casa llevando una carta.

Adrián reconoció el remitente inmediatamente.

Álvaro.

Elena estaba embarazada de 6 meses.

Su hermano se había enterado.

La carta comenzaba:

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